Fotograma de "El arbol de la vida"

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    Vuelve Malick, vuelve la controversia

    Álvaro Imbernón Sáinz - 03-10-2011

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    Hace días sorprendía ver en lo alto de la lista de películas más vistas en España a El árbol de la vida (The tree of life, 2010). La última obra de Terrence Malick consiguió atraer a decenas de miles de espectadores y desatar una profunda división tanto de crítica como de público. Rara vez una cinta ganadora de la Palma de Oro de Cannes consigue tal privilegio, pero el reclamo de actores como Brad Pitt o Sean Penn y una calculada estrategia de promoción ha hecho que muchos se acercaran al cine sin tener muy claro qué iban a presenciar. La disparidad de reacciones del público ha sido tal que se ha disparado el número de reclamaciones, llegando incluso un cine de Cornellà de Llobregat a advertir a los espectadores de la complejidad de la película y prometiendo la devolución de la entrada durante los 30 primeros minutos de proyección para evitar que aquellos a los que la película genera rechazo molesten al resto.

     

    Terrence Malick es de esa clase de creadores a los que se ama o se odia, pero que en ningún caso deja a nadie indiferente. Seis años después de El nuevo mundo (The new world, 2005), donde reinterpreta el mito de Pocahontas, el polémico director vuelve con una nueva película. En esta ocasión nos propone enlazar el origen de la vida con la infancia de Jack O'Brien en un pueblo tejano en la década de los 50. Para ello no hace uso de una estructura cinematográfica convencional, sino que a través de una aglomeración de imágenes inconexas de la fuerza de la naturaleza nos muestra un orden superior, en equilibrio, y en el que el ser humano es tan solo una parte fugaz e irrelevante.

     

    El filme arranca con la contraposición entre el origen del universo y el fallecimiento del hermano de Jack, trastocando a una familia de clase media norteamericana. Con unas imágenes cargadas de gran lirismo se nos presenta la creación, el origen común, a través de la eclosión del universo, las primeras luces del amanecer, la irrupción de las primeras formas de vida y su progresiva evolución desde el fondo del mar hasta llegar al ser humano. La exquisita fotografía de Emmanuel Lubezki, los efectos visuales de Douglas Trumbull (2001: Una odisea del espacio, 1968) y la música de Alexandre Desplat y la no original de diversos clásicos configuran una sinfonía visual que apabulla al espectador.

     

    En ese momento regresamos al núcleo dramático de la obra para mostrarnos la infancia. El nacimiento, los primeros pasos, la iniciación y el aprendizaje que marcará la vida adulta. Para ello solo se hace uso de luz natural y de una cámara en mano fluctuante que parece deleitarse en la improvisación y que no rehúye acercarse al máximo a los personajes. Se aprecia la búsqueda de la “hora azul” u “hora mágica”, ese momento en el que el sol todavía no ha terminado de ocultarse. El cabeza de familia lo  encarna un espléndido Brad Pitt, severo y adusto. A través de un fuerte autoritarismo trata de preparar a sus tres hijos para la supervivencia en un mundo amenazador. Como si de animales se tratase, procura inculcar a sus tres hijos la crueldad que considera necesaria para la selección natural donde los demás trataran de malograr sus sueños. Al contrario, la madre (Jessica Chastain) es inocente y frágil, pura bondad, ama a sus hijos de forma genuina sin ningún tipo de exigencias. Dos modelos opuestos que se presentan ante sus hijos como la doble cara de un dios que puede ser tierno y piadoso, pero también despiadado y vengativo.

     

    Pareciera que esta familia cristiana estadounidense fuera escogida al azar en representación de la especie humana. Sin embargo, es muy probable que coincida con la del director de la película. La vida de Terrence Malick está cubierta de misterio, ya que tiene aversión a la prensa y no concede entrevistas, lo que ha llevado a muchos a compararlo con J. D. Salinger. No obstante, lo poco que se conoce permite dibujar una identidad compleja e introvertida. Se crió en un ambiente rural en Tejas y Oklahoma. En los veranos trabajaba en una granja y como conductor. Fue un alumno brillante, lo que le llevó a estudiar filosofía en Harvard y Oxford y a impartir clases sobre Heidegger en el MIT (Massachusetts Institute of Technology: Instituto de Tecnología de Masachusets). A pesar de ello su vida ha estado llena de idas y vueltas. Abandonó la filosofía para escribir como freelance para Newsweek, Life o The New Yorker desde lugares como Londres, Miami o Bolivia, lo que posteriormente dejaría para ingresar en el American Film Institute. No ha sido un director muy prolífico. En 38 años de carrera tan solo ha filmado cinco películas. Su opera prima, Malas Tierras (Badlands, 1973), una road movie sobre un asesino en serie, le valió el aplauso de la crítica especializada. De narrativa convencional, ya contenía la potencia visual de sus posteriores films y sorprendía al no juzgar las motivaciones de sus protagonistas a la hora de cometer diversos crímenes. Con Días de cielo (Days of heaven, 1978) conseguiría el premio al mejor director en Cannes. A pesar del éxito cosechado, Malick decidió recluirse casi 20 años en París para dedicarse a la enseñanza, alejándose del cine y llegando incluso a rechazar proyectos como El hombre elefante (1980). Su vida tampoco ha estado exenta de sinsabores personales, ya que su hermano mayor se suicidó en España tras no lograr prosperar como guitarrista, mientras que su hermano pequeño sufrió un grave accidente de tráfico en el que murió su mujer.

     

    Ello nos lleva a pensar que el personaje de Jack adulto, que interpreta Sean Penn, un profesional de éxito que se siente vacio y angustiado por la pérdida de su hermano y su relación con su padre, es su propio álter ego. Lo cual no es óbice para que su protagonismo haya caído en la sala de montaje. El propio actor ha confesado que no entiende qué aporta el personaje y por qué aparece tan poco tiempo en pantalla. Esto no es una novedad, ya que En la delgada línea roja (The thin red line, 1998) varios actores como Bill Pullman, Gary Oldman, Lukas Haas, Viggo Mortensen y Mickey Rourke grabaron escenas que no aparecen en el metraje final, y otros como George Clooney vieron reducida su participación a tan solo unos segundos. Al igual que en aquella cinta, la mala planificación del montaje hace que queden huecos en la historia, lo que desconcierta al espectador, y obliga a abusar de la voz en off sin la cual la película sería indigerible. Error poco justificable en un metraje de casi dos horas y media. Esta molestia se amplifica si tenemos en cuenta que el destinatario de esos pensamientos en off solo puede ser la propia conciencia de los personajes o Dios. Muchos directores asiáticos actuales, como Tsai Ming-liang, Kim Ki-duk, Hou Hsiao-Hsien o Hirokazu Koreeda realizan films con pocos diálogos sin tener que recurrir reiteradamente al tramposo recurso de hacer hablar a sus personajes fuera de pantalla. 

     

    Tampoco queda muy claro el mensaje filosófico de la película. Ha sido interpretada en clave cristiana por gran cantidad de críticos, ya que las siglas de Jack O'Brien coinciden con las de Job, y una cita de dicho libro abre el filme. Incluso se rumorea que el pastor de la iglesia a la que acude Malick en Austin aparece en la película. Desde este punto de vista el hombre debe mantener la fe pese a las penalidades con las que le sorprende un dios caprichoso (“Dios manda moscas a heridas que debería curar”). Sería este el camino de la gracia, no exenta de sacrificios.

     

    Para otros es un canto a la espiritualidad existencialista, influenciado por Heidegger, donde podemos encontrar a Dios en todas partes y un ser humano que se define en su relación con la naturaleza, lo que le convierte, por lo tanto, en efímero. Lo que sí parece clara es la contraposición entre un paraíso natural perdido y una arquitectura gélida e inhumana que denota una visión alejada de la idea de progreso o de la modernidad ilustrada. Como si todos los logros modernos del hombre nunca pudieran llegar a compararse a la majestuosidad inherente a la naturaleza. Y es curioso que, como en el resto de su filmografía, el sexo no aparezca por ninguna parte, pese a ser el origen de la vida humana.

     

    Es innegable que cualquier obra de Malick tiene interés, ya sea por su preciosismo visual o la calidez de sus atmósferas. Sin embargo, en este caso el experimento es un tanto fallido debido a sus ansias de trascendencia. El árbol de la vida es una pieza que pretende atrapar a través de la cadencia como si de poesía se tratase. Prosigue la línea de sus dos películas anteriores, superando en belleza a El nuevo mundo y captando algunos momentos de intensidad dramática como en La delgada línea roja, pero la grandilocuencia de este bello mosaico de imágenes carece de un elemento que le dé coherencia. Su objetivo mesiánico de exorcizar demonios personales termina por estropearla con un final delirante. Todo lo bello no es arte. Para transmitir sentimientos, que no sensaciones, es necesario un cierto orden, porque si no se corre el peligro de caer en un amalgama visual new age. Este “pudo ser y no fue” hará que muchos espectadores se asusten y tengan la tentación de no salirse del cine comercial en mucho tiempo.

     

     

    Álvaro Imbernón Sainz es politólogo y consultor en Relaciones Internacionales. Está especializado en las relaciones entre la Unión Europea y Asia Oriental, especialmente Japón, donde vivió durante año y medio. En Fronterad ha publicado Fukushima detiene las escaleras mecánicas del metro de Tokio y Japón: “nana korobi ya oki”

     

     


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    Dudo en la palabra fallida de su artículo. Dudo sobre si el problema está en el autor o en quien recibe la obra. ¿Quedarse frío ante una supuesta obra maestra es culpa del espectador o del autor?

    Malick, en cualquier caso, siempre lleva donde pocos directores saben/pueden llegar. Siempre me ha llevado a sitios que están escondidos a la luz del sol, y su árbol, inagotable de vida, me despojó de mis creencias para ver las suyas. Cómo no hacerlo si intenta con su cámara abarcar la existencia misma. Hacer del cine vida, con toda su muerte.

    Que haya cines que te devuelvan el dinero si no te gusta me parece más que excesivo con un film de esta calidad, llegue al alma o no llegue...

    Un cordial saludo.

    Con permiso de su autor, Ignacio Castro Rey, reproducimos este largo comentario sobre la película de Malick:

     

    Una historia de vida familiar, música, religión, sueños y
    frustraciones en la Texas de los años cincuenta. La cámara vaga entre recién
    nacidos, árboles iluminados, ventanales, humanos que oscilan entre el miedo y
    el amor, la cólera y la piedad.

     

    La superficie del mundo es la máscara de un interior que
    está en todas partes y en ninguna. Incluso en sus posibles defectos, es difícil
    describir esta película. Para empezar, cada momento de ella es tan complejo que
    habría que verla tres veces. A pesar de diez minutos iniciales y diez finales
    que tal vez sobran (tampoco es seguro, dada la conmoción que producen las dos
    horas del medio), El árbol de la vida tiene
    algo de sobrecogedor. La hierba y los árboles son el modelo de una metafísica
    en la que los hombres somos igual que una planta, raíz oscura que sueña con
    cielos. Cada latido humano compone un todo orgánico con las figuras caprichosas
    del suelo y las nubes.

     

    El universo recomienza en cada segundo, un momento que a
    su vez tiene efectos incalculables. Malick rehace el mundo (una clase, una
    tarde, un año) desde las astillas de su tiempo muerto, intervalos de vida
    aparentemente insignificantes. A partir de esta afluencia constante, muda o de
    expresión difícil, El árbol de la vida nos
    devuelve una vida casi irreconocible, que tiene la emoción y el riesgo del
    inicio en cada instante.

     

    La piedra rechazada se ha convertido en angular. El
    impacto “religioso” del film (sin duda, incómodo para nuestra ideología)
    proviene de esta selección de lo insignificante, de
    una experiencia mesiánica del tiempo que la cámara capta. Más de esto que del
    discurso explícito, a veces extremadamente poético. Toda la película es
    como una inmensa oración por lo que está en juego en cada tic-tac de nuestro
    minutero. Como diría Berger, el cansancio nos hace receptivos a la epopeya de
    cualquier ser vivo.

     

    ¿Darwin? Más que otra “teoría de la evolución”, Malick
    ensaya una práctica de la evolución en cada momento y en cada acto, que
    entonces aparecen encadenados, de modo no determinista, a una corriente
    incesante. Algo así como en la versión “bíblica” de American beauty,
    el último trabajo de Malick bebe más en una metafísica americana que hemos
    olvidado que en la habitual sociología. De un lado, intercaladas con imágenes
    de la vida cotidiana, se muestran formas geológicas torcidas por la erosión, el
    viento, la fuerza del agua, la ebullición del material pululante del universo.
    De otro, lo equivalente a los elementos es para los humanos “Dios”, a quien
    apenas se nombra en vano. Sólo voces susurrantes, casi siempre femeninas,
    mantienen una continua plegaria hacia esa fuerza oscura omnipresente en el
    entorno natural: Keep us. Tanto el “orden” de la naturaleza como
    las figuras de lo divino, dos reinos paralelos, son más cuánticos que
    newtonianos, pues mantienen siempre una presencia fluyente, incalculable.

     

    Las voces de los protagonistas susurran desde un interior
    humano no menos volcánico que la naturaleza. Ambos, tierra y hombres, viven
    profundamente alterados, sujetos a accidentes imprevisibles. La vida humana
    también es como una planta, parece querer decirnos Malick. Naces, creces,
    temes, amas, aras, mueres. Sea cual sea el orden de los actos, las raíces se
    pierden en un rumor de fondo que impulsa esta voluntad aérea en las
    ramas de los árboles y en la música de los humanos. Brahms resuena en una sala
    de Texas no menos secreto que las ramas que nadie mira.

     

    Formas terrenales monstruosas, desiertos y viento. La
    pobreza, el sufrimiento y la muerte. Y el amor, atravesando todo ese magma en
    ebullición. Inolvidable, el joven Jack llora como un animal herido. “¿Tú
    también morirás, madre?”. Si no amas, dice una de las voces, tu vida transcurre
    como un destello.

     

    No se trata en El árbol de la
    vida de un Dios antropomorfo. No sólo porque el misterio de las formas
    exteriores aparece continuamente como referente, sino porque los seres humanos
    están atravesados por las mismas fuerzas anónimas que retuercen el agua y las
    rocas. En cada ojo de pez, todos los mares. En cada árbol, la compleja maraña
    del mundo. Un constante infinito en acto elimina de raíz cualquier pretensión
    de narración lineal o causalidad mecánica.

     

    El amor altera el curso de las vidas no menos que el
    agua, el hambre y el viento. Hombres y bestias están hermanados por el empuje
    de una energía fortuita y violenta, pero también abierta al sufrimiento del
    otro. Cada palabra tiene consecuencias incalculables en un universo
    multiplicado en cada punto, poblado de interrelaciones y ecos. La película no
    es exactamente alegre, más bien lo contrario, pero transmite un rumor
    impresionante en cada instante. Es normal que los aficionados al cine pop,
    aquellos que tienen a Tarantino o Almodóvar como modelo, se sientan irritados y
    hablen de grandilocuencia vacía.

     

     

    Ignacio Castro Rey. Madrid, 12 de
    octubre de 2011

     

     

    * T. Malick (Waco, Texas, 1943) es autor de cinco films
    solamente. Además del que comentamos: Malas tierras (Bad lands,
    1974), Días del cielo (Days of heaven,
    1978), La delgada línea roja (The thin
    red line, 1998) y El nuevo mundo (The
    new world, 2005).

    ISSN: 2173-4186 © 2014 fronterad. Todos los derechos reservados.

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