Algunas mujeres disfrutan comprando accesorios, algo considerado como un crimen de vanidad por los talibanes. Kabul,Afganistan/Sarah Caron/Corbis

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    Palabras detrás de un burka

    Natalia Díaz

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    El uso del velo en espacios académicos y públicos ha estado acaparando atención en los medios de comunicación en España. Hace ya casi diez años, una gran potencia económica y militar, los Estados Unidos, utilizó también el argumento de la vestimenta como una de las causas por las que invadía un país centro asiático, Afganistán. No sólo se trataba de perseguir, encontrar y contrarrestar la amenaza terrorista, sino de brindar un mundo mejor, más libre y democrático, a los ciudadanos y, sobre todo, ciudadanas de Afganistán. Su miseria y opresión venían simbolizados por el burka, esa tela azulada que las cubre de pies a cabeza y enreja su campo de visión.

           El objetivo era desterrar la mentalidad extremista que les imponía el uso del burka y, con ella, los prejuicios y prohibiciones sobre la presencia pública de la mujer; sobre su participación activa en todas las áreas de la ciudadanía. Diez años después, poco ha cambiado para las afganas. Incluso los talibanes, expulsados del poder, comienzan otra vez a ser tomados en cuenta para la formación del nuevo gobierno. Se acallaron poco a poco las voces indignadas reclamando la desaparición de esta prenda. En realidad, el paisaje afgano se ha sembrado de tantas dificultades, sufrimientos y desvaríos políticos que un burka más o menos no es la cuestión en estos momentos. Al menos no para aquellos que ocuparon el país y que no dieron tanta importancia a su uso en el vecino Pakistán.

           Afganistán sigue estando ahí, como sus burkas. Como sus mujeres. Éstas no son ahora más libres ni más tenidas en cuenta. Algunas sí han levantado ya su larga tela azul, y lo que a menudo están consiguiendo es ser señaladas, perseguidas o maltratadas. En el régimen afgano actual, el burka no es obligatorio. Sin embargo, debido a la inestabilidad política y a las costumbres tribales y familiares es omnipresente en las zonas más conservadoras, sobre todo fuera de las ciudades. Aunque una mujer no quiera llevarlo, le conviene por su propia seguridad.

           El burka sigue siendo la seña de identidad más repetida en Afganistán. Pero no hay que cometer la eterna equivocación: las mujeres van cubiertas, pero no son invisibles. Ellas han sabido desde el principio lo que los ejércitos y organizaciones que ocuparon sus calles no quisieron o pudieron ver: que el burka estaba en los ojos y en las mentes de los hombres, no en el espíritu de las mujeres. Lo expresa admirablemente este poema de una mujer afgana:

     

    Mi cara está escondida, sonrío / sin ser vista. Soy yo / mujer afgana bajo el burka./ Intento ser valiente, mostrar mi presencia./ Mírame, no me mires, pero estoy aquí./ No me importa el calor que hace bajo el burka./ Soy invisible / soy parte de mi comunidad./ (...) Me impedirán trabajar/ me robarán el trabajo, la vida./ Pero soy una mujer afgana que quiere/ estar a salvo, continuar su lucha./ Sí, soy valiente bajo mi burka.

     

           Este texto aparece en http://www.awwproject.org/, una página de internet que ha salido a la luz  en los últimos meses. El nombre de la autora, por motivos de seguridad, no es público. Es en este contexto opresivo de ausencia de libertad de expresión y movimiento para las mujeres, donde ha nacido una iniciativa que está rompiendo con todos los esquemas y corsés impuestos a la mujer afgana. Se trata del Proyecto de Escritura de Mujeres Afganas, (AWWP en sus siglas inglesas). La idea es dotar de un espacio de comunicación y denuncia a través de la escritura –y en consecuencia de la alfabetización y formación literaria- a mujeres de todas las edades y condiciones sociales o educativas. Se trata de un proyecto arriesgado pero valioso para sus participantes.

           La novelista norteamericana Masha Hamilton es la fundadora de AWWP. En el año 2004 visitó el país por primera vez y quedó admirada por el increíble valor de las  afganas. Cuatro años después, en 2008, regresó y comprobó que la situación había empeorado y la vida era cada vez más difícil. Un año después surgió el proyecto con la intención y la urgencia de dar a estas mujeres una voz que no estuviera filtrada por la visión de sus parientes masculinos o de los medios de comunicación.

           El régimen musulmán afgano, que quiso poner freno a la visión del cuerpo femenino, no ha podido hasta ahora tapar algo esencial: la voz y el pensamiento de las mujeres. Al menos para ellas sigue existiendo. El ciudadano occidental que ve un burka –ni siquiera se dice “una mujer bajo un burka”- suele pasar por alto que hay unos ojos y una boca tras él. Un pensamiento y una voluntad. Ve sobre todo un símbolo de opresión, y como tal lo trata, analiza, juzga y expone. En Afganistán sí saben lo que esconde el burka. Por eso la educación femenina es escasa y censurada incluso. A menudo se lleva a cabo en lugares discretos y escondidos. Una ley puede decretar que las mujeres vayan a la escuela, pero de qué sirve si la sociedad sigue viéndolo con malos ojos y los maridos, padres, hermanos y vecinos se encargan de impedir su educación.

           El primer problema con que chocó el proyecto fue -y sigue siendo- cómo eludir el control y las prohibiciones sociales. Internet apareció como la solución. Para que las mujeres se sientan más seguras, sólo se usa el nombre propio. En algunos casos incluso la firma es anónima. En Estados Unidos se ha creado una red de mujeres voluntarias, académicas, intelectuales y artistas, para enseñar los rudimentos de la escritura. Las tutoras son afganas también, lo que permite un acercamiento directo a la sensibilidad cultural de las estudiantes. Éstas, debido a las restricciones de escolarización -bien por prohibición, bien por impedimento laboral, geográfico o de otro tipo- no dominan el arte de la comunicación escrita. Por otra parte, para que su voz llegue más lejos, es necesario que el idioma exceda los límites de la frontera. Los textos, por tanto, se redactan en inglés, lo que ha supuesto para gran parte de las interesadas un aprendizaje adicional y dificultoso. Los talleres virtuales se encargan de enseñar el idioma o de ayudar con la redacción gramatical y sintáctica.

     

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    Sólo una matización. Tengo entendido que, oficialmente, la acción norteamericana en Afganistán no está considerada como invasión, ¿no?
    Desde mi punto de vista, únicamente puedo decir que las religiones son una gran lacra. Entorpecen el conocimiento, dirigen el pensamiento de la masa, están desfadas, sentencian pero no argumentan... No tienen cabida en el mundo que tenemos pretensiones de construir. De cualquier modo, hay un vídeo circulando por Internet llamado 'Stop the Clash of Civilizations' que puede dar otra perspectiva de todo este asunto. No hace falta llevar un burka para vivir en esclavitud.

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