Alice Arnold

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    Notas de un hijo de Nueva York

    Eric Darton

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    30 de agosto, 2001 – Café Le Gamin – Temprano en la mañana

    Conversación con Melinda en la cual le enseñas un cuento recién publicado en una antología italiana de escritores norteamericanos. Cada vez que tus palabras saltan la barrera hacia otra lengua, una emoción visceral. Mucho más emocionante que verlas impresas en inglés.

    Melinda lo entiende de inmediato, dice “Es como tener otra alma, ¿no?”

           Una joven mujer está sentada del lado del banquillo de la mesa 10. Lleva una camiseta negra con una brillante bandera estadounidense, roja, blanca y plateada, atada a la altura del pecho. Superpuestas sobre las estrellas y las rayas, en antiguas letras inglesas de color rosa, la palabra  jugoso.

           Todo está demasiado estirado. Pronto debe romperse.

     

    6 de septiembre – Temprano en la mañana

    Primer día de regreso a P.S. 11 para Gwenny. Su césped desde pre Kinder, ella ya conoce el procedimiento. Sube las escaleras de un salto y tú vas hacia el oeste al café. Siempre es una mala idea leer el periódico. Los muros de la vida social, sostenidos por tirantes de miedo para evitar su colapso.

           Llega Juan, uno de tus favoritos Gaministas, aunque sea uno ocasional. Es argentino, pequeño y delgado, bien parecido, un poco como un búho tras sus gafas, restaura muebles franceses antiguos para ganarse la vida. Él te pregunta si has acabado con el periódico y, con cierto alivio, se lo entregas. Juan examina la primera plana y sacude su cabeza. Contento, dice que María y él se irán a Alemania apenas nazca el bebé. ¿Bebé? Todo su sentimiento cambia, se hace más suave. Si, será una niña. Se espera para marzo. Se mudarán primero al pueblo en donde María se crió, entre Colonia y Aquisgrán. Luego, eventualmente, a Barcelona. Estados Unidos, dice, se está poniendo demasiado extraño.

     

    7 de septiembre – Le G. – Temprano en la mañana

    El libro de los márgenes. Lo has ojeado un par de veces desde que Frazier te lo diera hace más de un año, pero sólo ahora comienzas a adentrarte profundamente.

           “Leer un texto implica varios grados de violencia; esto es suficiente aviso de que hay peligro en la casa.” Así dice Jabès en la página cuarenta y dos. 

     

    8 de septiembre – Calles de Chelsea – Temprano en la mañana

    Cualquier superficie blindada, sin importar cuan impenetrable parezca, tiene sus grietas, y algo blando se encuentra debajo.

     

    9 de septiembre – Le G. – Media mañana

    Sulieman trae tu café esta mañana. Es senegalés, enormemente alto, quiere modelar y es suficientemente hermoso para hacerlo, a pesar de una cicatriz en su mejilla que podría disimularse fácilmente. Dulce actitud también. Pagas en la caja y él te da un dólar y algunas monedas de cambio. En el borde gris del billete alguien ha escrito, muy claro y en mayúsculas: ESTE ES UN DÓLAR DE LA SUERTE.

     

    11 de septiembre

    Anochece y Gwen sube la escalera de mano, apoya sus codos en el alféizar de la ventana, mira  afuera, dice “Estoy comenzando a ver la nueva vista.” 

     

    12 de septiembre –Tren #1 Aproximándose a Times Sqaure – Mediodía

    El defectuoso sistema de comunicaciones hace parecer que el conductor de metro dijera: “aquí transferencias a N, Q, R y trenes ancestrales”. 

     

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           Lo que se puede hacer normalmente se hace normalmente. Temprano en la tarde, Katie tiene una cita en el Upper West Side. Quieres quedarte cerca, así que Gwen y tú la acompañais a la ciudad paseando por Central Park.

           Caminar más allá del Teatro Delacorte y conseguir un lugar donde sentarse en el césped con vista más allá del estanque y hasta el castillo. Le muestras a Gwen, probablemente no por primera vez, la roca por la cual tú y otros niños solíais deslizaros, con la esperanza de poder deteneros antes de caer en el turbio estanque. Parecía una edad más salvaje. En verano, los niños solían saltar del precipicio en el Parque Inwiood al Hudson para nadar. Nadie llevaba cascos de bicicletas. El 4 de julio en la Pequeña Italia: por la noche, un tumulto de pequeñas balas que, de veras, se sentía como el estallido de una guerra de guerrillas urbanas.

           El cielo tan cristalino como ayer. A tu alrededor, jugadores de frisbee, niños retozando y una pareja rompiendo de manera exhibicionista. En ningún lugar hay una sensación de urgencia, de trauma. El ambiente del centro no ha llegado hasta acá arriba. Desde aquí, la ciudad del sufrimiento y la muerte ha sido negada. Más allá de la línea de árboles, las fachadas de los edificios del lado sur milagrosamente bloquean la ciudad al fondo. Un cordon sanitaire.

           Hora de buscar a Katie. Aún sin zapatos, andas a lo ancho del césped hacia el camino, pasando al lado de una pareja tendida sobre una manta -literalmente la mujer y el hombre más hermosos que hayas visto jamás-. Él le pasa una revista, ella roza la parte posterior de su pie con la pantorrilla de él. Sus extremidades entrelazadas. Como padres primerizos, antes del otoño.  

     

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           Tus dos alemanes, Wolfgang y Tobias, llaman para cerciorarse de que sigues en el planeta. Wolfgang hace un chiste siniestro -quiere asegurarse de que tu sentido del humor sigue intacto-. Las cosas se acaloran en el frente de los medios. De pronto, todas las preguntas que nunca se hicieron sobre WTC cuando estaba en pie se están enunciando entre los escombros. Respuestas, ellos exigen respuestas, ahora que es demasiado tarde. Tú haces el ridículo y compras un teléfono móvil.

           Afuera en la calle, Katie y tú, cada uno con un nuevo teléfono móvil en las manos, preparan las armas, listos para el rebote satelital. Mira hacia La Quinta Avenida. Tantos lugares desde los cuales no ver las torres.

     

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           Apagas las luces del cuarto de Gwen, bajas las persianas –su ventana mira hacia el sur, hacia la gran nube de polvo– luego te sientas en su cama para darle las buenas noches.

           Eres conciente del momento. Que deberías decir algo tranquilizante. Pero nunca le has mentido. Cuando su madre estaba en el hospital con una fractura en el cráneo, Gwen preguntó si iba a estar bien y dijiste: “yo creo que si”. Porque realmente lo creías. Pero no estabas seguro.

     

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