Haití, de la catástrofe a la hecatombe
Paco Gómez Nadal

¿Las soluciones? Tampoco son esperanzadoras. En octubre de 2009, el Banco Interamericano de Desarrollo citó a una cumbre de inversionistas en la capital haitiana e hizo presidirla al ex presidente estadounidense y enviado especial de la ONU, Bill Clinton. 500 empresarios, básicamente de Estados Unidos, acudieron a la cita interesados en las oportunidades del “sector textil”. A compañías como Levi Strauss o Gap les pareció buen negocio coser su ropa en un país cuyo salario mínimo diario es de 70 gourdes (unos 1.3 dólares) y donde el desempleo afecta a la mitad de sus 9 millones de habitantes. Clinton también tuvo una genial idea: apostar todas las fichas al turismo y la embajada de España se apuntó en seguida al juego ofreciendo su “experiencia acumulada” en el sector.
Estas recetas suenan a broma en el país más pobre de América Latina y El Caribe, con el 70% de la población bajo una línea de la pobreza (un dólar o 70 centavos de euro al día) que ya suena a un chiste de mal gusto. Ahora, con el azote del terremoto del pasado martes, no habrá estadísticas que describan el infierno. El seísmo se cebó en Puerto Príncipe, una ciudad saturada de gente (unos 2 millones de personas) que sobrevivía hacinada en barracones y chabolas. En el resto del país, cada desastre natural ha sido una maldición, según los responsables del Programa Mundial de Alimentos, “por la deforestación, la erosión y la ausencia de infraestructuras públicas".
A estas horas, cuando el polvo, la muerte y la destrucción han acampado en Puerto Príncipe y se va conociendo información sobre la huella del terremoto (que se ha sumado a huracanes, tormentas tropicales, hambrunas y Sida en el escuadrón de la venganza divina), no se puede hacer mucho más que luchar contra la desmemoria y contra las voces que depositan todo el peso del karma haitiano en los hombros de esta población de muertos vivientes.
Jacques Roumain, uno de los escritores y activistas más importantes de la primera mitad del siglo XX en la isla caribeña, en su novela Gobernadores del Rocío, se revelaba contra ese Dios vengativo al poner en voz de Manuel, el protagonista, estas palabras: “No es Dios el que abandona al hombre, es el hombre el que abandona a la tierra y recibe su castigo de ella”. La respuesta de su madre, Déliva, es, quizá, el origen de tanta desgracia: “No quiero oírte más. Tus palabras se parecen a la verdad y la verdad es tal vez un pecado”. La verdad, de existir, debe ser tan blanca como Dios, como casi siempre oculta que no hay desastres naturales, sino desidia humana, geopolítica internacional y huecos olvidados en este planeta. Haití es su síntesis.











Comentarios
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El LIbrero - Vie, 01/15/2010 - 18:34
Este otro analisis desde la derecha religiosa es imperdible:
http://www.politico.com/blogs/bensmith/0110/Robertson_Haiti_cursed_since_Satanic_pact.html
José María - Vie, 01/15/2010 - 16:20
Haití después de su independencia siguió siendo una colonia de ultramar para los Franceses como los fueron las de África subsahariana; emporios de riqueza exportable y de miseria para sus nativos. Haití es un pedacito de África en el Caribe y como tal sufre del abandono ancestral por parte de los colonizadores que lo empobrecieron. Por alguna razón, ellos mismos son sus propios enemigos y como tal se comportan, masacrándose entre ellos sin contemplaciones. Igual que en África subsahariana...¿Destino? ¿Karma? ¿Cultura? ¡Que entre el diablo y escoja...!
Yolanda - Vie, 01/15/2010 - 04:11
Magnífico artículo. Cuando a las catástrofes naturales se las sitúa en su contexto histórico dejan de ser tan naturales. Se agradece una muestra de buen periodismo en medio de la macabra e insultante exhibición de sangre y visceras que están vomitando los medios, una exhibición que sería impensable si esas víctimas fueran españolas. Las causas y la historia no venden, la muerte en directo sí.
Enhorabuena.