1997
Liliana Colanzi
ilustraciones Toña Santolaya
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Ese año sucedieron muchas cosas. McDonald’s abrió el primer restaurante en el país y la gente acampó en la puerta del local desde las dos de la mañana. Una mujer y su hijo de ocho años se convirtieron en los primeros clientes en probar una cheeseburger. Era imposible pasar por la rotonda de El Cristo sin quedar atrapado en un tráfico espantoso: todo el mundo hacía fila para ser atendido en el autoservicio. Andrés y yo llegamos tarde al colegio tres días seguidos pese a las maniobras de Segundo, el chofer, por evitar la congestión.
-¿Es buena esa comida, señora?- le preguntó el chofer a mamá a la hora del almuerzo, cuando tuvo que explicarle la razón de los retrasos. A mamá no le importaba mientras no la llamaran los curas de La Salle.
-Es una porquería-, dijo, -pero si ellos han venido significa que por fin llegó la civilización-.
Así que teníamos McDonald’s y embotellamientos como cualquier otro país del primer mundo. El milenio se aproximaba y las señales de lo que vendría después ya estaban en el aire. El pueblo votó en las presidenciales por el General anciano, y en medio de la fiesta fueron pocos los que se acordaron de los toques de queda, del terror y de los muertos. Un compañero del colegio, del que estaba enamorada en secreto desde niña, actuó de General en una película que la profesora nos obligó a ver y discutir en clase; el General, de adolescente, había sido disciplinado, valiente y respetuoso con sus padres, y había servido a su patria. Los chicos de mi curso iban a la premilitar y empezaban a enseñar musculatura, y era lindo pasarles la mano por las cabezas rapadas.
Adam y yo fuimos los únicos que no tomamos los cursillos de la Confirmación. A él lo excusaron porque era canadiense y qué podía esperarse de la gente de esos lados, que no tiene moral ni religión, pero el cura amenazó con aplazarme si no me confirmaba. Soy judía, hermano, le dije por zafar en su oficina, y a mamá esa respuesta le dio tanta risa que se la contaba a todo el mundo, orgullosa de mis ocurrencias.
Eran tiempos distintos. Mamá mantenía dos empleadas en la casa, Norma y Betty, aparte de la cocinera, doña Lidia, y siempre se las arreglaba para exigirles mucho y pagarles poco (una vez, en un té con sus amigas, jugaron a contar quién había hecho llorar a más empleadas). Todavía era joven y demostraba la arrogancia que otorgan la belleza y el dinero, y una voluntad capaz de doblegar la mía y la de todos los demás. Se casó con papá siendo casi una adolescente, embarazada de Andrés. Tía Perla me contó que la noche antes de la boda mamá se la había pasado llorando, de manera que tuvieron que cubrirle la cara con paños fríos para que no saliera hinchada en las fotos. Eso era difícil de creer porque mi madre siempre mostraba la fría serenidad de quien ya lo ha visto todo, y me costaba imaginarla joven y pobre y vulnerable, y más feliz de lo que había sido nunca con papá. Mamá no hacía nada, aunque en los formularios ponía como profesión ama de casa. Vivía en el teléfono, a veces con mi tía, pero la mayor parte del tiempo con un amigo de la infancia que tenía un nombre extraño, Hermes o Atilas o Aristóteles o algo así.
-Estoy cansada de ser la esclava de esta casa-, decía. -Aquí todo el mundo hace lo que le da la gana, menos yo. Algún día agarro mis cosas y me voy a vivir sola, aunque tenga que cuidar ancianos para mantenerme-.
Echada en el sofá, la cara cubierta por una máscara de hielo azul que retrasaba las arrugas, se negaba a hacerse cargo de la casa o de nosotros, y habíamos aprendido a firmar nuestras libretas y a no interrumpirla demasiado. No me interesaban sus conversaciones, pero una vez le escuché decir mi nombre y me detuve en el pasillo a esperar lo que seguía.
Por supuesto que a todos los hijos se los quiere igual, decía, por más que sean ingratos y le llenen a una la vida de problemas. Pero Andrés era un bebé tan lindo y tan alegre. Parece que lo hubiera hecho yo sola, mientras que Analía es calcada a su padre. Incluso en los berrinches.
Asomé la cabeza y mamá hizo un gesto con la mano para que cerrara la puerta y la dejara en paz, sin siquiera molestarse en apartar el auricular de la oreja.
-Ojalá te murieras- le dije antes de tirar la puerta a mis espaldas. Al dar la vuelta para salir corriendo casi hice rodar a doña Lidia, que pasaba a mi lado cargando la charola con la jarra de refresco y un vaso con hielo.
-Le va a caer una maldición por hablar así-, me dijo, porque era evangelista y creía en esas cosas, aunque se cuidaba de decirlo delante de papá. Ni siquiera me tomé el trabajo de contestarle: si algo había aprendido era a no discutir jamás con los empleados, y sólo doña Lidia se atrevía a hablarme de esa forma porque ya llevaba diez años en la casa. Salí al jardín y grité “Segundo” con la voz temblorosa, y lo encontré vaciando la piscina, con el agua a la cintura y una camisa vieja cubriéndolo del sol. Mariposas muertas, mosquitos y ranas con las patas estiradas flotaban en el agua. Le ordené que lo dejara todo y me llevara al Victory de inmediato, y lo dije de malos modos para que se diera cuenta de mi urgencia. Durante el trayecto permanecí echada en el asiento de atrás, por un lado para esconder de su mirada mi cara enrojecida, pero también porque no quería que me viera la gente de la calle. Me daba una vergüenza terrible que confundieran al chofer con mi padre o con mi hermano.
-Andate a la casa y no digás a nadie dónde me trajiste-, le dije antes de subir corriendo las escaleras del café, al que había empezado a ir por mi cuenta desde el año anterior. El mesero del Victory me conocía y nunca hacía preguntas.
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