Betty Page en los años 40 en Nueva York

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    Mujeres buenas y mujeres malas

    Eduardo Halfon

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    Nunca supimos cómo nos descubrieron. Mi hermano insistía en que la sirvienta las había encontrado accidentalmente con la mano al estar poniendo sábanas limpias, y nos había delatado. Yo, en cambio, tenía otra sospecha. Varias veces había sorprendido a mi mamá revisando gavetas, o leyendo en secreto mi diario -era más bien un cuaderno de apuntes, dibujos y garabatos-, o levantando con sigilo el auricular de otro teléfono mientras yo hablaba con algún amigo.

     

    -Quiero que me digan de dónde las sacaron.

     

    Ambos nos quedamos callados. No era exactamente una pregunta.

     

    -Díganme.

     

    Mi mamá estaba sentada en una de las sillas blancas del comedor, sus brazos cruzados, un cigarrillo ahumando hacia arriba y la pila de revistas frente a ella, sobre la mesa. Ni siquiera nos había saludado. Aún sosteníamos cuadernos y loncheras.

     

    -Quiero saber dónde consiguieron esta porquería.

     

    La respuesta era simple, supongo.

    Una tarde, rondando en nuestras bicicletas por la Colonia El Campo, habíamos encontrado con mi hermano una caja de cartón en un terreno baldío. Una caja grande, empapada por tanta lluvia, endeble, medio rota y llena de revistas porno que alguien había decidido botar. Volamos a casa y luego regresamos al terreno baldío con un par de mochilas y yo fui guardando todas las revistas mientras mi hermano vigilaba. Hasta más tarde, ya encerrados con llave en nuestro baño y soplando página por página con el aire caliente de una secadora de pelo, descubrimos boquiabiertos que no eran revistas de porno normal -culos y tetas y a lo sumo, con suerte, un breve atisbo de vello púbico-, sino de un porno mucho más explícito -cueros y sogas, cadenas y penetraciones dobles, y los pepinos de una morenaza que, imposible olvidarlo, se llamaba Mariana la Vegetariana y que tardamos un poco en comprender qué hacía allí. Pero comprendimos muy bien las fotos a todo color, y aún mejor su carácter prohibitivo, que para nosotros, por supuesto, quizás era lo más importante. Escondimos las revistas secas y tiesas entre somier y colchón de ambas camas -aún dormíamos en el mismo cuarto-, y prometimos no decir nada nunca a nadie. 

     

    -Díganme, niños.

     

    Mi hermano dio un paso tímido hacia mí. Se agarró de mi camiseta.

     

    -Quiero saber.

     

           Hasta entonces noté que mi mamá, quizás por vergüenza, había cerrado las cortinas del comedor. Unas cortinas muy años setenta, de fondo blanco y grandes bolas anaranjadas y amarillas. Igual que el mantel de la mesa. Las sillas eran de un material como de fibra de vidrio: blancas, ovaladas, modernas, alternando cojines también anaranjados y amarillos. Sobre la mesa había dos ceniceros de plata, redondos y macizos, uno con borde anaranjado y el otro con borde amarillo. Mi mamá pasaba mucho tiempo en aquel comedor perfectamente combinado. Era el único espacio de la casa donde mi papá le permitía fumar.

     

    -¿Me van a decir o no?

    -Las encontramos -murmuré.

    -Ya, ¿y dónde las encontraron?

    -En la calle.

    -¿En la calle?

    -Ajá.

    -¿Encontraron esto en la calle?

    -Ajá.

     

    Mi mamá fumó y sacó el humo con desesperación.

     

    -Mejor váyanse a su cuarto- sentenció.

     

    No nos movimos. Mi hermano, cabizbajo, seguía agarrándome la camiseta.

     

    -Tal vez a su papá le dicen la verdad.

    -Pero si ésa es la verdad… -insistí.

    -Ahora mismo. ¿Oyeron? A su cuarto.

     

    Su tono fue macheteado, final, no negociable.

     

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