Los "pagafantas" triunfan en el cine
Álvaro del Amo
La comedia, principal género cinematográfico español, goza de buena salud. Su número se ha reducido, pero los títulos que aparecen son objeto de atención (Gordos, 7 minutos, Al final del camino), u obtienen un éxito considerable. Tal es el caso de Fuga de cerebros, Mentiras y gordas, Tensión sexual no resuelta, y la recién estrenada Que se mueran los feos.
Cada película tiene características propias, pero todas son fieles a ciertas normas de la retórica del género. Cambian los ambientes, la edad de los personajes o el tono elegido, que a veces desemboca en drama. Algunas son blancas y otras escatológicas. Pero todas se integran en el mismo corpus, a sabiendas de que al público, en general, le gustan.
Las razones del éxito no son fáciles de identificar. Aspectos aparentemente determinantes, como el carácter urbano, juvenil y televisivo de algunas producciones, no parecen ser la clave. La última comedia estrenada transcurre en una aldea, poblada por vacas, feos y cuarentones.
Los hombres de las comedias españolas viven en lo que el protagonista de Al final del camino diagnosticó como una crisis permanente. El chico de Pagafantas es tímido y torpe. El adolescente de Fuga de cerebros ha vivido sometido a una sucesión de tratamientos ortopédicos que le han convertido, durante su niñez y pubertad, en un pobre tullido. En el grupo de amigos que le acompañan figuran un ciego y un paralítico, quien, además, sufre una insuficiencia renal que le obliga a llevar siempre una sonda para la orina. Los personajes de Gordos tienen que sobrellevar su obesidad, y el ganadero de Que se mueren los feos apechuga con su fealdad, a la que se añade una leve cojera.
Estas deficiencias conducen a un único efecto dramático, el desánimo ante el fracaso amoroso. El chico de Pagafantas no consigue conquistar a la guapa argentina. El adolescente de Fuga de cerebros, enamorado desde los cinco años de la rubia de la clase, no ha podido manifestarle sus sentimientos. A Eliseo, apodado el feo en Que se mueran los feos, le conocemos acudiendo a una cita a ciegas de la que la chica huye cuando le ve venir antes de identificarse. En Gordos, los protagonistas padecen su obesidad como una maldición para su vida amorosa.
Pero los chicos no sólo sufren por enfermedades o deformaciones físicas. La crisis también afecta a los personajes masculinos normales. También ellos están insatisfechos como hombres, pues no saben lo que quieren, no consiguen identificar sus emociones, no acaban de descifrar la sus propios deseos. El profesor de Tensión sexual no resuelta llora el abandono de su joven novia, se interesa por otra de sus alumnas, a quien acaba rechazando abruptamente, consigue casarse con su joven novia para, durante el banquete de bodas, confesarle a la reciente esposa que prefiere a su primer amor, con quien fundará una familia numerosa.
Los veinteañeros de Mentiras y gordas cambian de pareja con frecuencia. Los dos cuarentones de After evocan con nostalgia una juventud en la que ambos se creían enamorados de la misma chica. Los treintañeros de 7 minutos dan tumbos sentimentales, empeñados en averiguar quién les gusta, a quién desean, a quién es probable que lleguen a amar.
¿Y ellas?
Las mujeres caminan igualmente a la deriva, aunque algo menos a tientas, no sólo porque sus vaivenes sentimentales no son tan erráticos, sino también porque a menudo siguen sometidas a los caprichos del varón. “Me echas un polvo a las 9, y quieres dejarme a las 10 menos cuarto”, le reprocha la periodista a su novio, que se declara “en crisis” y “paralizado”. “Para follarme no estabas paralizado” se queja ella, en Al final del camino.
En Que se mueran los feos, Nati acude a Eliseo, su cuñado, en un pueblo aragonés, poco menos que pidiendo asilo porque su marido la ha abandonado. En Gordos, la esposa cuyo marido se encuentra en coma por una paliza de su socio, se siente también abandonada y no duda en aproximarse al agresor, sin importarle que sea homosexual. Similar desamparo abruma en 7 vidas a la mujer soltera, intérprete de viola, que vive una insatisfactoria aventura con el director de la orquesta de cámara.
Como contraste, encontramos mujeres relativamente equilibradas, como la adolescente Natalia en Fuga de cerebros, que espera con paciencia que su traumatizado compañero de infancia se le declare. O la veinteañera de Pagafantas, que decide utilizar a su enamorado para sus propósitos, siempre impecablemente egoístas. O la apodada “Jazz”, de nombre Jacinta, que “tiene muy claro” en Tensión sexual no resuelta, que ella quiere al profesor, hasta que finalmente lo consigue.
Identidades problemáticas
La sexualidad, supuestamente liberada hoy de las trabas y limitaciones de antaño, sigue apareciendo como una meta no alcanzada del todo, entre el hambre ancestral y los enigmas de una identidad nunca suficientemente despejada.
Los protagonistas de Los dos lados de la cama (2005) llegaron a la conclusión, tras sus vaivenes eróticos, que “todos somos bisexuales”, una afirmación que sin embargo no resuelve la duda que atormenta a unos y otras. La joven de Tensión sexual no resuelta confiesa que “no sabe” si ha alcanzado el orgasmo con su novio. Su nueva amiga se acuesta con ella, explicándole después que lo que ha sentido merece tal calificación. “Yo no soy lesbiana”, asegura la joven, “Tampoco yo”, afirma la amiga. Una puntualización que también hacen las dos chicas de Mentiras y gordas, después del primer encuentro íntimo e inmediatamente antes del segundo.
El ejecutivo de After recuerda con añoranza las largas jornadas juveniles con su compañero y la amiga de ambos. Un terceto sin definir del todo, con algo de trío finalmente casto y algo de homosexualidad intuida y, a la postre, vergonzante. En Al final del camino, los dos amigos se apuntan a la terapia del gurú argentino porque han oído que en el Camino de Santiago “se liga mucho”, pero acaban, para su sorpresa y desconcierto, acostándose juntos.
















