Así se baila el tango en Madrid
Fernanda Muslera
- 1
- 2
- 3
- 4
- siguiente ›
- última »
Raúl canta tangos en la ducha, mientras conduce a la milonga y en el oído a su compañera de baile. A través del tango no sólo abraza a una mujer sino a la misma Argentina, aquella patria de la que tuvo que huir hace más de tres décadas.
Porteño, 60 años, 34 en Madrid, el pelo lacio y canoso, el flequillo cae sobre su frente y le da un look juvenil y Beatle. Nos conocimos un viernes en El Conventiyo con un abrazo fuerte. “Qué gran descubrimiento” me repetía en las pausas. Una vez en la mesa, hablamos de cosas sobre las que nunca hubiéramos conversado sin un abrazo de por medio: Raúl, exiliado de la dictadura en 1976, me confesaba que estaba intentando poner en papel, por primera vez, aquella pesadilla que vivió durante diez días en un centro de detención clandestino.
Son muchas las penas no cerradas en la milonga. Como la de aquel amigo que “está desaparecido”; la frase morirá en un perpetuo presente. Pero cuando habla del tango, el rostro de Raúl se ilumina. “Si la gente se dedicara más a bailar tango y menos a hacer putadas el mundo sería maravilloso”. Puede sonar cliché, pero no le importa.
En sótanos, en días inocuos, debajo de un karaoke, en la planta baja de un hostal, en un teatro, al amparo de un restaurante. A pie de calle, la ciudad continúa dibujando sus sonidos, feliz en su desconocimiento. Pero se abre una puerta, escondida, transversal, y la música sale disparada, con su atropello porteño.
Sentadas alrededor de la pista, los ojos abiertos -radares cargados de rimmel-, inspeccionan el terreno incierto de la milonga. Diez centímetros de tacón reluciendo bajo sus pies -acaso la principal pieza de orgullo y ostentación-, labial intransferible para no manchar la camisa del compañero, las faldas amplias pero ceñidas, leggins y escotes. Conversan entre ellas o con amigos, pero sin perder el tercer ojo milonguero de la pista, mitad para observar la mercadería, y por si acaso a alguno se le ocurre utilizar la vieja y porteña costumbre del cabeceo para invitarlas a bailar.
Ellos, de pie en la barra, vaso en mano, miran la pista como si fueran directores técnicos de algún incierto equipo de fútbol, buscando titulares y suplentes en el cambiante cuadro de damas de la milonga. Los bailarines del siglo XXI, en Madrid, no usan gomina, ni traje, ni tirantes, aunque en ocasiones se cuele algún nostálgico. Lo cortés no quita lo valiente en la elegancia compadrita, que se demuestra en la cancha, ante las miradas de los otros y en el cuerpo de una mujer. De nada le sirve ser guapo o carismático si no sabe dictárselo a su cuerpo a través del arte de la improvisación. En su caminar, en las figuras que dibuja espontáneamente en la pista y en la musicalidad, pero sobre todo en el abrazo está la clave de su éxito.
Como en el cine, el clímax llega hacia la mitad de la película. La madeja andante de cuerpos se mueve al son de la música y en contra de las agujas del reloj. Pero en medio de aquel torbellino de piernas, que se mueve rápido y picadito si suena la Orquesta de D´arienzo, o navega entre la energía y el adagio si se asoma el gran Pugliese, las parejas se funden en un abrazo de tres minutos multiplicado por los cuatro o cinco tangos que dura cada tanda de baile.
“Pensé que éramos uno” le dijo una chica a Raúl después de bailar. Él sonríe: sabe que no puede aspirar a más. Un “corazón con cuatro patas”, como repiten en la milonga. “Es estar flotando encima de la música, llevando el ritmo con el cuerpo y el corazón”, reflexiona Raúl, y agrega: “Hay otras danzas con abrazo, pero no tienen el veneno del tango”. Se inquieta al explicarse, como alguien que sabe que la batalla entre las palabras y las sensaciones está perdida de antemano.
“El contacto de ambos esternones es el centro neurálgico de información, puesto que desde allí el hombre indica la velocidad, la traslación, la fuerza, la contención, la frenada, el retroceso”, indica José María Otero en su libro El tango, esa danza mágica. Y aunque la descripción no pudiera ser más precisa, cualquier bailarín sabe que el abrazo implica más que eso. En tiempos de meros individuos, la gente que se acerca a la milonga es gente de abrazos.
Transformación
Hay noches en las que María se mira en el espejo y no se reconoce. Acostumbrada a la cara lavada, las zapatillas de deporte y a andar por la vida sin la autoconsciencia constante de su femineidad, de un día para el otro empezó a optar por camisetas ajustadísimas, con escote, a llevar los ojos muy maquillados, a los peinados especiales, pendientes, medias de rejilla, faldas, leggins y vestidos con la espalda descubierta. “Me he pasado seis meses de punta en blanco”, dice, y asegura que ahora está más tranquila -ha encontrado el amor en la milonga de la mano de Agustín-.
El vestuario es otra de las reglas invisibles del ambiente. La milonga es una máscara, un carnaval, un pacto de ficción que comienza en cuanto se atraviesa la puerta de entrada. El juego de máscaras es doble: si las mujeres apelan a un disfraz femenino, los hombres recurren a la máscara de autoridad en el arte del buen bailar (no faltarán aquellos impostores que traten de impresionar a las desprevenidas principiantes dando inoportunas y torpes lecciones de tango). Si la mujer juega con dos cartas -su destreza en la pista y su belleza-, la moneda de cambio de los hombres será solamente su nivel de baile. Pero una vez conquistada esta meta, su posibilidad de acción será mucho mayor, porque su competencia es más reducida.
Una mujer que llega a la milonga dando sus primeros pasos tiene poco que ofrecer frente a la inmensa competencia de damas que esperan bailar con los codiciados bailarines. La mujer sabe que, si no destaca de alguna forma, tendrá que contentarse con planchar toda la noche -es decir, estar sentada a la espera de que un caballero la invite a bailar-. Tampoco se atreverá a romper las reglas tradicionales que indican que el hombre es el que invita; el tango impone respeto. El derecho de piso en la milonga lo dan las horas de pista, pero también las horas con el culo pegado al asiento.
“Yo puedo jugar a que soy una mujer sumisa, pero no lo soy”, señala María, mientras las palabras se atropellan en su boca y el flequillo color caoba cae una vez más sobre su frente. Por eso, desde hace un tiempo, juega a ser Víctor-Victoria en la milonga. Se baja de los tacones y se calza los zapatos planos, de hombre, para ser ella quien tenga las riendas de la música y del baile. “Me ha tocado bailar con muchos que no tienen sentido del ritmo”, se queja y defiende su usurpación del rol masculino.
Tampoco lo tienen fáciles los hombres, que se introducen en esta compleja danza repitiendo de memoria una cuadrícula de pasos parecida a la rayuela. La intuición en el rol de la mujer, que escucha al cuerpo de su compañero y se deja llevar, contrasta con el rol del hombre, que debe aprender a dominar varios idiomas al mismo tiempo antes de pronunciar su discurso: la música, el abrazo, la circulación y el estilo. De la misma forma que se domina el arte zen del tiro con arco haciendo callar al pensamiento a través del silencio interior, el bailarín debe olvidar los pasos aprendidos para aprehenderlos, para convertirlos en su propio repertorio, el de un baile único y original.
- 1
- 2
- 3
- 4
- siguiente ›
- última »
















Comentarios
(*) Campos obligatorios
Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.
mjcasals - Vie, 07/23/2010 - 00:34
Un precioso reportaje, Fernanda. A ver cuando podemos Juan y yo ir a verte bailar el tango. Un abrazo
zar.noche - Vie, 07/16/2010 - 13:33
Ahhh, Fernanda, me encantaría bailar el tango contigo